Basado en el libro: -La Vegetariana- de Hang Kang.
Yeong-hye no pidió ayuda.
Llegó al consultorio acompañada. No recuerdo si fue su esposo o su hermana quien habló primero. Ellos parecían preocupados. Ella, en cambio, no. Permanecía sentada, con la mirada distante, como si la conversación no le perteneciera del todo.
—Ha dejado de comer carne —dijeron.
Luego corrigieron:
—Ha dejado de comer casi todo.
Ella no intervino.
Su silencio no era vacío. Era denso. Como si ahí hubiera algo que no encontraba forma de decirse.
A medida que avanzaba la sesión, lo que emergía no era solo su conducta, sino su historia. Una familia donde el padre imponía, donde la violencia no era cuestionada, donde el orden se mantenía a cualquier costo. Nadie intervino cuando él la obligó a comer carne. Nadie preguntó cómo se sentía.
No parecía ser la primera vez que algo así ocurría.
Después aparecieron los sueños.
No los relataba con claridad, pero había algo en ellos: imágenes violentas, fragmentadas, perturbadoras. No eran recuerdos, pero tampoco parecían ficción. Eran ecos.
Y algo en ella cambió después de eso.
Dejó la carne.
Luego la comida.
Después, el deseo.
Finalmente, empezó a rechazar incluso la idea de ser humana.
No era un proceso impulsivo. Era progresivo. Preciso. Como si cada renuncia la acercara a un lugar más seguro.
Mientras tanto, todos hablaban sobre ella.
El esposo la describía.
El cuñado la transgredia.
La hermana intentaba entenderla.
Pero nadie la escuchaba (ni siquiera nosotros, como lectores, tenemos acceso directo a su voz).
Y entonces el cuerpo comenzó a hablar. En la ausencia de palabras, el síntoma tomó forma.
No como un error; No como una falla.
Sino como un intento.
Un intento de escapar.
Un intento de decir.
Un intento de existir en un lugar donde nunca hubo espacio para ella.
Al final, el síntoma, se convierte en el único grito de quien no tiene voz.
Roberto Saldana